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Había
una vez un rey y una reina que estaban tan afligidos por no tener hijos,
tan afligidos que no hay palabras para expresarlo. Fueron a todas las
aguas termales del mundo; votos, peregrinaciones, pequeñas devociones,
todo se ensayó sin resultado.
Al
fin, sin embargo, la reina quedó encinta y dio a luz una hija. Se hizo
un hermoso bautizo; fueron madrinas de la princesita todas las hadas que
pudieron encontrarse en la región (eran siete) para que cada una de ellas,
al concederle un don, como era la costumbre de las hadas en aquel tiempo,
colmara a la princesa de todas las perfecciones imaginables.
Después
de las ceremonias del bautizo, todos los invitados volvieron al palacio
del rey, donde había un gran festín para las hadas. Delante de cada una
de ellas habían colocado un magnífico juego de cubiertos en un estuche
de oro macizo, donde había una cuchara, un tenedor y un cuchillo de oro
fino, adornado con diamantes y rubíes. Cuando cada cual se estaba sentando
a la mesa, vieron entrar a una hada muy vieja que no había sido invitada
porque hacía más de cincuenta años que no salía de una torre y la creían
muerta o hechizada.
El
rey le hizo poner un cubierto, pero no había forma de darle un estuche
de oro macizo como a las otras, pues sólo se habían mandado a hacer siete,
para las siete hadas. La vieja creyó que la despreciaban y murmuró entre
dientes algunas amenazas. Una de las hadas jóvenes que se hallaba cerca
la escuchó y pensando que pudiera hacerle algún don enojoso a la princesita,
fue, apenas se levantaron de la mesa, a esconderse tras la cortina, a
fin de hablar la última y poder así reparar en lo posible el mal que la
vieja hubiese hecho.
Pasaron
quince o dieciséis años. Un día en que el rey y la reina habían ido a
una de sus mansiones de recreo, sucedió que la joven princesa, correteando
por el castillo, subiendo de cuarto en cuarto, llegó a lo alto de un torreón,
a una pequeña buhardilla donde una anciana estaba sola hilando su copo.
Esta buena mujer no había oído hablar de las prohibiciones del rey para
hilar en huso.
-¿Qué
haces aquí, buena mujer? -dijo la princesa.
-Estoy
hilando, mi bella niña -le respondió la anciana, que no la conocía.
-¡Ah!
qué lindo es -replicó la princesa-, ¿cómo lo haces? Dame a ver si yo también
puedo.
No
hizo más que coger el huso, y siendo muy viva y un poco atolondrada, aparte
de que la decisión de las hadas así lo habían dispuesto, cuando se clavó
la mano con él cayó desmayada.
La
buena anciana, muy confundida, clama socorro. Llegan de todos lados, echan
agua al rostro de la princesa, la desabrochan, le golpean las manos, le
frotan las sienes con agua de la reina de Hungría; pero nada la reanima.
Entonces
el rey, que acababa de regresar al palacio y había subido al sentir el
alboroto, se acordó de la predicción de las hadas, y pensando que esto
tenía que suceder ya que ellas lo habían dicho, hizo poner a la princesa
en el aposento más hermoso del palacio, sobre una cama bordada en oro
y plata. Se veía tan bella que parecía un ángel, pues el desmayo no le
había quitado sus vivos colores: sus mejillas eran encarnadas y sus labios
como el coral; sólo tenía los ojos cerrados, pero se la oía respirar suavemente,
lo que demostraba que no estaba muerta. El rey ordenó que la dejaran dormir
en reposo, hasta que llegase su hora de despertar.
El
hada buena que le había salvado la vida, al hacer que durmiera cien años,
se hallaba en el reino de Matachín, a doce mil leguas de allí, cuando
ocurrió el accidente de la princesa; pero en un instante recibió la noticia
traída por un enanito que tenía botas de siete leguas (eran unas botas
que recorrían siete leguas en cada paso). El hada partió de inmediato,
y al cabo de una hora la vieron llegar en un carro de fuego tirado por
dragones.
El
rey la fue a recibir dándole la mano a la bajada del carro. Ella aprobó
todo lo que él había hecho; pero como era muy previsora, pensó que cuando
la princesa llegara a despertar, se sentiría muy confundida al verse sola
en este viejo palacio.
El
rey y la reina, luego de besar a su querida hija sin que ella despertara,
salieron del castillo e hicieron publicar prohibiciones de acercarse a
él a quienquiera que fuese en todo el mundo. Estas prohibiciones no eran
necesarias, pues en un cuarto de hora creció alrededor del parque tal
cantidad de árboles grandes y pequeños, de zarzas y espinas entrelazadas
unas con otras, que ni hombre ni bestia habría podido pasar; de modo que
ya no se divisaba sino lo alto de las torres del castillo, y esto sólo
de muy lejos. Nadie dudó de que esto fuese también obra del hada para
que la princesa, mientras durmiera, no tuviera nada que temer de los curiosos.
Al
cabo de cien años, el hijo de un rey que gobernaba en ese momento y que
no era de la familia de la princesa dormida, andando de caza por esos
lados, preguntó qué eran esas torres que divisaba por encima de un gran
bosque muy espeso; cada cual le respondió según lo que había oído hablar.
Unos decían que era un viejo castillo poblado de fantasmas; otros, que
todos los brujos de la región celebraban allí sus reuniones. La opinión
más corriente era que en ese lugar vivía un ogro y llevaba allí a cuanto
niño podía atrapar, para comérselo a gusto y sin que pudieran seguirlo,
teniendo él solamente el poder para hacerse un camino a través del bosque.
El príncipe no sabía qué creer, hasta que un viejo campesino tomó la palabra
y le dijo:
-Príncipe,
hace más de cincuenta años le oí decir a mi padre que había en ese castillo
una princesa, la más bella del mundo; que dormiría durante cien años y
sería despertada por el hijo de un rey a quien ella estaba destinada.
Al
escuchar este discurso, el joven príncipe se sintió enardecido; creyó
sin vacilar que él pondría fin a tan hermosa aventura; e impulsado por
el amor y la gloria, resolvió investigar al instante de qué se trataba.
Apenas
avanzó hacia el bosque, esos enormes árboles, aquellas zarzas y espinas
se apartaron solos para dejarlo pasar: caminó hacia el castillo que veía
al final de una gran avenida adonde penetró, pero, ante su extrañeza,
vio que ninguna de esas gentes había podido seguirlo porque los árboles
se habían cerrado tras él. Continuó sin embargo su camino: un príncipe
joven y enamorado es siempre valiente.
Atraviesa
un gran patio pavimentado de mármol, sube por la escalera, llega a la
sala de los guardias que estaban formados en hilera, la carabina al hombro,
roncando a más y mejor. Atraviesa varias cámaras llenas de caballeros
y damas, todos durmiendo, unos de pie, otros sentados; entra en un cuarto
todo dorado, donde ve sobre una cama cuyas cortinas estaban abiertas,
el más bello espectáculo que jamás imaginara: una princesa que parecía
tener quince o dieciséis años cuyo brillo resplandeciente tenía algo luminoso
y divino.
Se
acercó temblando y en actitud de admiración se arrodilló junto a ella.
Entonces, como había llegado el término del hechizo, la princesa despertó;
y mirándolo con ojos más tiernos de lo que una primera vista parecía permitir:
-¿Eres
tú, príncipe mío? -le dijo ella- bastante te has hecho esperar.
El
príncipe, atraído por estas palabras y más aún por la forma en que habían
sido dichas, no sabía cómo demostrarle su alegría y gratitud; le aseguró
que la amaba más que a sí mismo. Sus discursos fueron inhábiles; por ello
gustaron más; poca elocuencia, mucho amor, con eso se llega lejos. Estaba
más confundido que ella, y no era para menos; la princesa había tenido
tiempo de soñar con lo que le diría, pues parece (aunque la historia no
lo dice) que el hada buena, durante tan prolongado letargo, le había procurado
el placer de tener sueños agradables. En fin, hacía cuatro horas que hablaban
y no habían conversado ni de la mitad de las cosas que tenían que decirse.
Entretanto,
el palacio entero se había despertado junto con la princesa; todos se
disponían a cumplir con su tarea, y como no todos estaban enamorados,
ya se morían de hambre; la dama de honor, apremiada como los demás, le
anunció a la princesa que la cena estaba servida. El príncipe ayudó a
la princesa a levantarse y vio que estaba toda vestida, y con gran magnificencia;
pero se abstuvo de decirle que sus ropas eran de otra época y que todavía
usaba gorguera; no por eso se veía menos hermosa.
El
príncipe le dijo que estando de caza se había perdido en el bosque y que
había pasado la noche en la choza de un carbonero quien le había dado
de comer queso y pan negro. El rey: su padre, que era un buen hombre,
le creyó, pero su madre no quedó muy convencida, y al ver que iba casi
todos los días a cazar y que siempre tenía una excusa a mano cuando pasaba
dos o tres noches afuera, ya no dudó que se trataba de algún amorío; pues
vivió más de dos años enteros con la princesa y tuvieron dos hijos siendo
la mayor una niña cuyo nombre era Aurora, y el segundo un varón a quien
llamaron el Día porque parecía aún más bello que su hermana.
La
reina le dijo una y otra vez a su hijo para hacerlo confesar, que había
que darse gusto en la vida, pero él no se atrevió nunca a confiarle su
secreto; aunque la quería, le temía, pues era de la raza de los ogros,
y el rey se había casado con ella por sus riquezas; en la corte se rumoreaba
incluso que tenía inclinaciones de ogro, y que al ver pasar niños, le
costaba un mundo dominarse para no abalanzarse sobre ellos; de modo que
el príncipe nunca quiso decirle nada.
Mas,
cuando murió el rey, al cabo de dos años, y él se sintió el amo, declaró
públicamente su matrimonio y con gran ceremonia fue a buscar a su mujer
al castillo. Se le hizo un recibimiento magnífico en la capital a donde
ella entró acompañada de sus dos hijos.
Algún
tiempo después, el rey fue a hacer la guerra contra el emperador Cantalabutte,
su vecino. Encargó la regencia del reino a su madre, recomendándole mucho
que cuidara a su mujer y a sus hijos. Debía estar en la guerra durante
todo el verano, y apenas partió, la reina madre envió a su nuera y sus
hijos a una casa de campo en el bosque para poder satisfacer más fácilmente
sus horribles deseos. Fue allí algunos días más tarde y le dijo una noche
a su mayordomo.
-Mañana
para la cena quiero comerme a la pequeña Aurora.
-¡Ay!
señora -dijo el mayordomo.
-¡Lo
quiero! -dijo la reina (y lo dijo en un tono de ogresa que desea comer
carne fresca)-, y deseo comérmela con salsa, Roberto.
El
pobre hombre, sabiendo que no podía burlarse de una ogresa, tomó su enorme
cuchillo y subió al cuarto de la pequeña Aurora; ella tenía entonces cuatro
años y saltando y corriendo se echó a su cuello pidiéndole caramelos.
Él se puso a llorar, el cuchillo se le cayó de las manos, y se fue al
corral a degollar un corderito, cocinándolo con una salsa tan buena que
su ama le aseguró que nunca había comido algo tan sabroso. Al mismo tiempo
llevó a la pequeña Aurora donde su mujer para que la escondiera en una
pieza que ella tenía al fondo del corral.
Ocho
días después, la malvada reina le dijo a su mayordomo:
-Para
cenar quiero al pequeño Día.
Él
no contestó, habiendo resuelto engañarla como la primera vez. Fue a buscar
al niño y lo encontró, florete en la mano, practicando esgrima con un
mono muy grande, aunque sólo tenía tres años. Lo llevó donde su mujer,
quien lo escondió junto con Aurora, y en vez del pequeño Día, sirvió un
cabrito muy tierno que la ogresa encontró delicioso.
Hasta
aquí la cosa había marchado bien; pero una tarde, esta reina perversa
le dijo al mayordomo:
-Quiero
comerme a la reina con la misma salsa que sus hijos.
Esta
vez el pobre mayordomo perdió la esperanza de poder engañarla nuevamente.
La joven reina tenía más de 20 años, sin contar los cien que había dormido:
aunque hermosa y blanca su piel era algo dura; ¿y cómo encontrar en el
corral un animal tan duro? Decidió entonces, para salvar su vida, degollar
a la reina, y subió a sus aposentos con la intención de terminar de una
vez. Tratando de sentir furor y con el puñal en la mano, entró a la habitación
de la reina. Sin embargo, no quiso sorprenderla y en forma respetuosa
le comunicó la orden que había recibido de la reina madre.
-Cumple
con tu deber -le dijo ella, tendiendo su cuello-; ejecuta la orden que
te han dado; iré a reunirme con mis hijos, mis pobres hijos tan queridos
-(pues ella los creía muertos desde que los había sacado de su lado sin
decirle nada).
-No,
no, señora -le respondió el pobre mayordomo, enternecido-, no morirás,
y tampoco dejarás de reunirte con tus queridos hijos, pero será en mi
casa donde los tengo escondidos, y otra vez engañaré a la reina, haciéndole
comer una cierva en lugar tuyo.
La
llevó en seguida al cuarto de su mujer y dejando que la reina abrazara
a sus hijos y llorara con ellos, fue a preparar una cierva que la reina
comió para la cena, con el mismo apetito que si hubiera sido la joven
reina. Se sentía muy satisfecha con su crueldad, preparándose para contarle
al rey, a su regreso, que los lobos rabiosos se habían comido a la reina
su mujer y a sus dos hijos.
Ahí
estaban, y los verdugos se preparaban para echarlos a la cuba, cuando
el rey, a quien no esperaban tan pronto, entró a caballo en el patio;
había viajado por la posta, y preguntó atónito qué significaba ese horrible
espectáculo. Nadie se atrevía a decírselo, cuando de pronto la ogresa,
enfurecida al mirar lo que veía, se tiró de cabeza dentro de la cuba y
en un instante fue devorada por las viles bestias que ella había mandado
poner.
El
rey no dejó de afligirse: era su madre, pero se consoló muy pronto con
su bella esposa y sus queridos hijos.
FIN
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